
Hay muchas maneras de afrontar la pérdida de libertades, dependiendo de donde vivamos, en qué circunstancias lo hagamos e incluso qué sexo
seamos. Y una de las formas más tristes es aceptarlo.
En la sociedad en la que nos ha tocado vivir, en Occidente, en el Primer mundo y el siglo XXI, la forma en la que perdemos libertades es de esa triste
manera, aceptando que lo necesitamos.
A partir de los atentados de Nueva York y posteriormente los de Londres y Madrid, sentimos que no estamos seguros por lo tanto tenemos miedo, y
ese sentimiento nos hace creer que aunque perdamos algunas libertades todo es por nuestra seguridad. La inseguridad que se respira en el ambiente, o mejorque nos hacen respirar y en consecuencia hacemos que se respire, crea una serie de condiciones propicias para la pérdida de libertades.
Desde que los gobiernos anunciaron la lucha internacional contra el terrorismo las cosas han cambiado mucho. El ciudadano entiende que hay que
realizar sacrificios para poder vivir tranquilo, sin atentados y sin “malos” circulando por las calles. Entre estos sacrificios se encuentra la colocación de cámaras de circuito cerrado (cctv) que invaden el espacio público, y que cada vez proliferan a mayor velocidad y sin un verdadero control.
Cada día que salimos a la calle dejamos nuestras imágenes grabadas en cientos de cámaras. A veces somos conscientes de ello pero la mayor parte
del tiempo ni siquiera sabemos dónde están situadas.
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